Aunque técnicamente se llama hipoacusia, me imagino que igual después de leer varias veces estas palabras; pérdida auditiva, te gustaría saber que es lo que la causa. Son muchos los factores que contribuyen a la pérdida auditiva. Podríamos dividirlos en dos bloques: prevenibles y no prevenibles.

Los prevenibles serían:
- Por ruido derivado de escuchar música a alto volumen.
- Trabajar en un entorno ruidoso (una fábrica, en el asfalto la calle).
En cambio, los no prevenibles:
- Factores hereditarios.
- Enfermedades.
- Reacciones a medicamentos.
- Lesiones.
- Complicaciones durante el embarazo.
En mi caso, es hereditario. Mi abuela también lo tiene. El caso es que hasta los 16 años pude hacer "vida normal" sin el uso de ellos (aunque siempre digo esto, después de haber experimentado tanta riqueza auditiva con los audífonos, sé que mi infancia hubiese sido otra cosa, supongo que mejor por oír mejor pero, por otro lado, con lo desastre que soy, peor, jeje. Menudos disgustos le hubiese dado a mi madre perdiendo unos aparatos tan caros).
Volviendo al hilo principal, voy a contar como se desencadenó mi historia hasta tener los audífonos. Hasta que llegué a 4rto de la E.S.O siempre pude << apañarmelas >> . Pero, un jueves de Marzo, en la segunda hora del instituto, en pleno examen de Biología, donde no eramos mucho, porque era una asignatura opcional, Leah, la profesora, sentada en su mesa ubicada al fondo y al centro de la clase, me llamó. Yo estaba al lado de su mesa pero pegado a la pared, en la esquina derecha. Concentrado con las leyes de Mendel y sus cruces hereditarios estaba cuando de repente un escalofrío me recorrió la espalda entera, desde el final de la columna vertebral hasta el cerebro.
No sé las veces que me habría llamado, tres, cuatro o cinco. Al girar mi cabeza vi a mis compañeros riéndose con la risa de hiena que tanto detestaba. Dada su desinformación hacia mi problema, supongo que se reirían igual que de alguien que no oye algo, dando a entender que está en la parra. Aunque aquello me dolió. Entonces Leah empezó a preguntarme que me pasaba, yo le mentí diciendo que no oía bien por la oreja izquierda. Entonces se lo dijo a la tutora. La tutora me intercambió de sitio con Cristina (La Gata) poniéndome en el lado izquierdo de la clase con Noelia para así poder oír por la oreja derecha. Pero la tutora en poco tiempo, días quizá, se dió cuenta que no iba bien. Así pues, la tutora, Rosa Bordes (hoy puedo estarle agradecido, pues yo era un cobarde), que conoce a mi madre, se lo dijo.

A raíz de esto, mi madre me llevó a una médica privada en el mismo pueblo, Pego. La doctora Blanes me hizo una audiometría (prueba en la que se miden los tonos graves y agudos en una cabina insonorizada, como la imagen de la izquierda) en su despacho. En este instante, la mezcla de seriedad, silencios un poco largos y miradas de compasión me hacían sentir incómodo y en tensión.
El resultado, un papel donde había una gráfica con dos líneas (como la imagen de abajo) representando cada color cada oído, verificó lo que más temía en ese momento.

Estaba por debajo del umbral de una persona oyente normal. Eso significaba que iba a necesitar audífonos. En ese momento se me hizo una montaña enorme, tan alta que no veía el pico.
Entonces, como la doctora Blanes trabaja en el hospital de Dénia, La Pedrera, me mandó para allí, haciéndome otra audiometría para finalmente recomendarme un centro de corrección auditiva, GAES.
Días más tarde, después de pedir cita en una sede en Oliva, pues en mi pueblo no hay, fuí. Una vez allí, me atendió una mujer sonriente, con pelo castaño y rizado.

Sandra, me hizo los moldes con algo parecido a la plastilina rellenando mi canal auditivo para hacer los audífonos a medida. Pasaron dos semanas y los tuve en mi mano. Aún recuerdo mis primeras sensaciones al tenerlos en mis manos y ponermelos. Sensaciones de extrañeza e incredulez de que no me estaba pasando a mí. Aunque Sandra me explicó que no me duchara con ellos y que me los pusiera, no le hice caso en este último.Tuvieron que pasar tres largos y confusos años en que me encontraba totalmente perdido, hasta llegar el día de estar en Londres con mi hermana y dar por sentado que no oía bien.
Aunque el camino no ha sido coser y cantar hasta llegar al punto de tenerlo normalizado como si lo hubiese llevado toda la vida, ha valido la pena una vez superado. La barrera a superar fue que me negaba a aceptarlo como parte de mí y no quería aceptarlo.
No comments:
Post a Comment